Hay amigos erráticos, certeros, y otros más que certeros, pienso. Obvio, certeros con respecto a nuestro vínculo, mi egocentrismo solidario sólo me permite establecer cierto tipo de relaciones cuando dialogo con mi alter-céntrico-ego.
Mi amigo Guille me obsequió una pequeña reliquia de colección. Agotados y con obstinación, busqué un ejemplar sin éxito. Él ya tenía uno para mi.
"¿Pensarán todos que somos muy felices? Tal vez.
Pero aqui nadie nos conoce. Los que solían comer en estos restaurantes, ya no andan más por nuestro barrio. - Todo cambia, le digo, y querría que entendiese que no le estoy diciendo cualquier frase, que en estas dos palabras hay una enseñanza que ella, algún dia deberá aprender.
- Soy feliz... - me dice, como si hubiera comprendido y confiesa que si encontrase un hombre capaz de darle la cuarta parte de la felicidad que ha tenido conmigo, se iria con él, porque soy una borracha podrida que solo sabe destruir, y repite que soy una borracha, que algún día me olvidará como seguramente Franca me ha olvidado.
Y yo río (¡Tantas veces la gente del restaurante me habrá visto reir...! Río porque ella está simulando una pelea para probarme - para provocarme -, pero cuando pregunta por qué río, miento y respondo que me río de ella, porque si confesase que río de un país, de una ciudad, de un restaurante y de sus mesas semejantes donde la gente come menús idénticos al nuestro y todo nos parece natural, o real, ella no me creería, sentiría que la engaño y hasta sería capaz de reiniciar otra vez sus escenas de violencia".
[Fogwill - La larga risa de todos estos años. 1983 ]

ISBN: 978-987-9350-37-9 | 160 páginas; 5x8 cm. | 2008 Coedición Biblioteca Nacional
– Editorial Las Cuarenta